Historia de una Vespa

Detrás de cada moto hay siempre una gran historia.

Si la moto es una Vespa, esta además suele ser muy larga.

Al menos así es en mi caso. Ya hemos pasado más de un cuarto de siglo juntos.

Siempre me gustó la Vespa, aunque no fue la primera moto que tuve.

Me vienen imágenes de mi niñez entrañables con la Vespa de mi padre. Una Sprint 125 en la que mi lugar siempre fue ir de pie sobre las alas y agarrado al manillar.

También recuerdo ver alguna vez a mi padre y mi abuelo yendo a cazar con perro y todo. En esas ocasiones el perro, que iba encantado ocupaba el lugar en el que solía viajar yo.

No eran raras estas cosas a principios de los 70

Cuando fui teniendo edad para desear una moto, la Vespa me resultaba muy atractiva.

La idea de tener una Vespa fue cogiendo fuerza cuando me saqué el carné de moto. Me encantó obtener el permiso con una Primavera 125 que tenían compartida entre varias autoescuelas en las pistas de Tráfico de Zaragoza.

A finales de los 80 aún bastaba con aprobar un examen teórico y otro práctico en un circuito cerrado para poder llevar cualquier moto. Sin límite de potencia ni de cilindrada.

El caso es que mientras practicaba con aquella Vespa Primavera disfruté un montón. Pensaba: Me gusta esta moto.

No he dicho que cuando me saqué el carné yo ya hacía seis meses que tenía moto. Una Honda XL 125 que, por entonces no se podía conducir solo con el carné de coche como ahora. Así que la idea de tener una Vespa fue solo eso. Una idea.

Tras la Honda XL, tal vez por los deseos de velocidad y emociones que acompañan a la juventud vino una Kawasaki GPZ 500 S

Esta fue una moto que me encantaba, sin embargo nunca fui a gusto con ella. Y no fue por usarla poco. En algo menos de un año hice unos 11.000 km con ella, pero este fue uno de esos amores que no funcionan.

Yo seguía teniendo en mente la idea de la Vespa. Así pasó que un día del verano de 1994, cuando pasaba con mi GPZ por una calle de Zaragoza en la que había un concesionario de Vespa se alinearon los planetas.

En aquella calle había un semáforo que se puso en rojo y me tocó parar justo frente a la tienda. Estuve unos segundos mirando las Vespa que había en el escaparate. De repente, en el momento exacto en que el semáforo se puso verde sentí un impulso. Algo que me dijo: Este es el momento.

Aparqué allí mismo y entré en aquel concesionario que me deslumbró.

Todavía recuerdo la cara que puso el propietario cuando le dije: Mira. Tengo esa moto de ahí con menos de un año y quiero una Vespa PX 200 Iris. Si llegamos a un acuerdo bueno para los dos empezamos la operación cuando quieras.

Llegamos a un acuerdo satisfactorio para ambas partes y unos días después salía yo de la tienda con mi flamante Vespa nueva y dinero en el bolsillo por la diferencia de precio a mi favor.

Por fin tenía mi Vespa.

El cambio de una moto a otra fue muy grande. La potencia y la estabilidad no tenían nada que ver. Además nunca había tenido una moto con motor de dos tiempos, por lo que esto requirió un aprendizaje. Y no solo por cómo hacer la mezcla de aceite y gasolina que, no era automática.

Pronto empecé a hacer viajes con ella. Viajar en moto siempre me ha apasionado y la Vespa no fue una excepción.

Ya fuese solo o en compañía hice innumerables viajes por todo Aragón, por la costa cantábrica, por el Mediterráneo y sur de Francia.

A penas tengo fotos de aquella época, pero si muchas anécdotas.

En un viaje a San Sebastián, con mi hermano como pasajero y la moto bien cargada aprendí una buena lección sobre los motores de dos tiempos. Esta fue que el engrase del cilindro depende de lo que se rosque el puño del acelerador.

Un buen trecho después de pasar Pamplona bajábamos un puerto muy largo y pronunciado por la recién estrenada autovía A15. La moto iba muy fina y se empezó a lanzar cuesta abajo yendo a punta de gas. Hasta a 120 se puso.

En unos segundos escuché un ruido bastante feo y la rueda trasera se bloqueó. La moto dio un par de buenos bandazos. Menos mal que nada más bloquearse apreté la maneta del embrague y paramos el el arcén con un buen susto en el cuerpo.

Esta fue mi primera y casi única experiencia con un gripaje. Digo casi única porque algún que otro pequeño amago de agarrarse el pistón si que he tenido.

Tras unos momentos de pensar qué hacer probé a ver si la moto arrancaba. Y arrancó. Montamos de nuevo en ella y seguimos nuestro camino, aunque cuando llegábamos a 70 por hora se notaba cómo si el pistón se quisiera agarrar de nuevo. Por debajo de esta velocidad iba bien.

Así, a 60 y 65 por hora estuvimos una semana recorriendo la costa guipuzcoana y, así también, poco a poco volvimos a Zaragoza. Nos costó todo un día llegar buscando carreteras secundarias, pero tenemos buenos recuerdos de aquel viaje.

Aún estuve circulando un par de semanas con la moto en esas condiciones hasta que la llevé a reparar.

En otro viaje al norte descubrí también que al repostar no es bueno echar primero el aceite y luego la gasolina. Se engrasa la bujía. Buena paliza me di intentando ponerla en marcha. Mi PX no tiene arranque eléctrico.

Con esta moto y las cosas que me iban pasando y que muchas veces me ha tocado arreglar en ruta, poco a poco me convertí en mecánico.

Así, entre viajes y aventuras con la Vespa fue pasando el tiempo y conocí a la que fue mi novia y ahora es mi mujer.

Hicimos juntos algunos viajes con esa entrañable moto en los que no faltaron anécdotas. Alguna bujía, algún pinchazo, algunos apuros por llegar a la siguiente gasolinera por los pelos…

Fueron pasando más años y llegaron los hijos. Este fue un tiempo de usar poco la moto. Mi fiel Vespa pasó de los viajes de placer a un uso casi exclusivamente para ir y venir del trabajo.

Aunque siempre había algún momento para disfrutar y dar una vuelta aunque fuese corta.

Mis hijos sienten mucho cariño por esta moto. Tienen recuerdos con ella desde muy pequeños y eso me gusta.

Los años no dejan de pasar y los hijos se fueron haciendo mayores.

Poco a poco fui teniendo más tiempo para viajar en moto. Disfrutar de aquella pasión que siempre he tenido.

Hace unos tres años mi vieja PX volvió a cambiar de papel. Dejó de ser vehículo de desplazamiento al trabajo para convertirse de nuevo en moto de viajes de placer.

Para entonces ya tenia alguna moto más moderna, potente y veloz, pero mi Vespa siempre ha sido especial y me encanta viajar con ella.

En las diferentes etapas de mi vida siempre se ha adaptado perfectamente al uso que le he dado. Ya fuese por gusto o por necesidad siempre ha respondido a lo que le he pedido.

Los viajes en Vespa son diferentes. Cuando viajo con ella se que no hay prisa. No llevo reloj y da igual cuando llegue a donde sea. Paro a ver todo lo que llama mi atención. A veces, si surge la ocasión incluso a darme un baño si el calor aprieta.

Con esta moto hago cosas que no he hecho con ninguna otra.

Con otras motos también disfruto de la conducción, de paisajes y lugares… pero no paro tantas veces como hago con la Vespa. Es una moto que invita a no perderte nada de lo que vas encontrando.

Esta última etapa de mi Vespa está siendo fascinante.

Es una moto que, a su marcha se defiende bien en todos los terrenos. Lógicamente las autopistas y autovías no son su terreno de juego ideal. Aunque tampoco suelo usar estas vías con otras motos.

Por carreteras secundarias es una delicia. Además no importa que el asfalto no esté en muy buenas condiciones. Es muy cómoda.

Cuando circulo por antiguas carreteras me cuesta poco hacerme una idea de lo que una Vespa sería en los años 60 y 70. Pocos vehículos habría tan rápidos, cómodos y versátiles.

Al principio, cuando volví a los viajes en Vespa comencé con rutas cercanas. Moncayo, salidas de almuerzo a unos cien kilómetros de casa…

Estas rutas poco a poco se fueron alargando. Volví a recorrer con ella las bonitas carreteras del Pirineo Aragonés.

Los Pirineos cada vez me parecían más cercanos y fui ampliando el radio de acción de mis viajes.

Comencé a aprovechar los veranos, cuando mi familia estaba en la playa para ir allí con la Vespa los fines de semana. Pero claro, ir directo del punto A al punto B no tenia gracia.

Para ir a Oropesa del Mar empecé a dar pequeños rodeos que aprovechaba para conocer el Maestrazgo turolense. Alguna vez, lo que normalmente sería un viaje de unos seiscientos kilómetros entre ir y volver pasaba de mil. Descubrí lugares espectaculares por el Maestrazgo de Teruel y Castellón.

Creo que no nos queda un solo puerto de montaña por subir en Aragón.

La vieja PX llegó a cumplir 25 años portándose como una campeona.

Descubriendo nuevas rutas en cada viaje.

Es increíble lo que se puede recorrer con una moto que en teoría está muy limitada en cuanto a autonomía por su depósito de gasolina de ocho litros. En este tema es una gran idea llevar un bidón de al menos cinco litros.

He llegado a hacer incluso un costa a costa desde el Cantábrico en San Sebastián hasta Oropesa del Mar en Castellón.

En estos últimos años he comprobado que la Vespa es además una moto que despierta simpatías en la gente. Esto es algo que ha ido cambiando con el paso del tiempo.

Cuando la compré en 1994 era una moto casi pasada de moda. Muchos se extrañaron de que la comprase.

Ahora es raro que no te pregunte alguien cuando paras a descansar o para hacer una foto. Algunas veces se acerca alguna persona ya entrada en años y me cuenta que tuvo una así de joven. Me cuentan vivencias que tuvieron viajando en Vespa varias décadas atrás. Me encanta cuando eso sucede.

En esta última etapa he ido conociendo a algunos vespistas más. Alguna vez hasta hemos coincidido.

Muchas veces toca sacar herramientas en pleno viaje, pero esto le da también mucho encanto.

También en esta vuelta a los viajes la PX empezó a tener algunos achaques. A fin de cuentas el tiempo y sus efectos nos afectan de alguna manera a todos y a todo.

En uno de mis viajes a la playa la pobre tuvo una avería de embrague. Además se aflojaron los tornillos de sujeción del carburador y la junta de este había desaparecido.

Luego resultó que no se habían aflojado los tornillos del carburador, era que uno de ellos se había partido.

Además de los problemas con el embrague la moto petardeaba y se paraba cuando quería. Eso sumado a las incontables tormentas que me pillaron por el camino hicieron que el viaje de casi 800 kilómetros fuese infernal. Uno de esos que te sacan la sonrisa cuando lo recuerdas tiempo después.

Decidí que mi fiel Vespa, con lo bien que se había portado siempre conmigo bien merecía los cuidados necesarios para ponerla en forma otra vez.

Era el momento de poner en marcha todos los conocimientos adquiridos sobre mi moto en todos estos años.

Saqué el motor y me lo subí a casa para trabajar en el con la calma y paciencia que requiere.

Desmonté el embrague para comprobar el estado de todos sus elementos y fui a consultar a un gran experto. Pascual, de “Mamá Vespa” en Zaragoza.

Allí conseguí las piezas que necesitaba y algunos valiosos consejos.

También de aquí salió alguna anécdota. Se me cayó una grupilla dentro del motor. Así que lo tuve que abrir por completo.

Al principio solo tenia intención de reparar el embrague, cambiar cilindro y pistón y alguna cosa más, pero bendito momento en que se me cayó la grupilla. Gracias a ello aproveché para cambiar algunos componentes que no habrían tardado mucho en dar problemas, como la cruceta del selector del cambio, todo el cableado eléctrico y alguna cosilla más que hice siguiendo los consejos de Pascual.

Al final quedó la moto como nueva. Después de esto ya solo quedaba volver a hacer el rodaje y seguir disfrutándola por muchos años más.

No le queda mucho para llegar a treintañera a mi pequeña campeona, siempre conmigo durante gran parte de mi vida. Espero seguir disfrutándola muchos años más.

Dioni Salavera Villamañán

8 comentarios sobre “Historia de una Vespa

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  1. Recuerdo perfectamente cuando cambiaste la Kawa por la Vespa.
    Lo contabas y la gente pensaba que les tomabas el pelo!
    Con mi SR se llevaba muy bien, mira que contentas salen en las fotos! 😉
    Pues se que todavía funciona por ahí, con 30 años, me dan tentaciones de localizar al actual propietario y recuperarla…

    Le gusta a 1 persona

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