Viaje a Italia en solitario

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Desde que tenia 15 años soñaba con ir a Italia en moto. ¿Por qué a Italia? Pues no lo sé, siempre me atrajo ese país. Con 18 años estuve a punto de ir con una 125, pero no pudo ser. Finalmente, tal vez por la crisis de los 40, decidí cumplir mi sueño aunque fuese solo.

La noche antes de partir ya tenía todo preparado. Tienda, saco, esterilla y mapas. Como equipaje mío llevé un par de vaqueros, algunas camisetas, ropa interior y unas zapatillas y ropa para salir a correr un rato cada día. Es mi forma de contrarrestar las muchas horas de estar sentado en la moto en viajes largos.

Antes de que tocase el despertador ya estaba en pie y a las cinco de la mañana, hora en la que el reloj debía sonar, ya iba camino del garaje donde me esperaba impaciente la moto.

Tenía un buen trecho para este día que estaba comenzando. Unos 900 kilómetros hasta completar la primera etapa del viaje en el Camping Le Moto, al pie de los Alpes.

Itinerario del viaje

Comencé el viaje un lunes a la misma hora en que casi toda la gente con la que coincidí en la carretera se dirigía a su trabajo. Yo, que normalmente me veo en esa situación a esas horas, ese día estoy seguro de que nadie iba circulando más contento que yo.

La mañana y los kilómetros fueron pasando rápido. Hacía muy buen tiempo y se rodaba muy a gusto. Solo hice una parada para echar gasolina antes de llegar a Barcelona y continué hasta La Junquera, donde paré a comer algo.

Tras la comida, consistente en bocadillo y refresco seguí devorando kilómetros con un día primaveral. Era un día soleado, no hacía frío, sin viento… hasta un poco antes de llegar a Perpignan. Allí empezó a soplar un viento que venía de lado por la izquierda, era el famoso mistral, un viento fuerte como nunca había conocido. Daba incluso miedo.

No debía ser raro semejante huracán por allí. Había señales fijas de advertencia a los coches con caravana por el peligro de vuelco. Yo tenía que ir con la moto inclinada haciendo fuerza con el cuello por el violento empuje del vendaval. No me atrevía a superar los 100 km/h.

Parada en Montpellier. Con el viento que soplaba me vino bien que la moto fuera naked

Así fui sufriendo hasta llegar a Montpellier, donde paré a descansar harto por tanto viento y por el ruido que hacía al chocar contra el casco.

Nueva llenada de depósito y a continuar, esta vez ya no pararía hasta completar esta primera etapa del viaje. Pasé por Valence y fui en dirección a Lion hasta llegar a Crest, ya en la región de los Alpes. Afortunadamente en este punto de la ruta dejó de soplar el viento y el día se volvió agradable de nuevo.

Cartel que indica la entrada a “Le Camping Moto”, un camping solo para moteros

Al llegar a Crest empecé a buscar el camping en el que tenía una cabaña reservada. Le Camping Moto. Un camping en el que sólo te puedes alojar si vas en moto, de hecho, los coches tienen prohibida la entrada.

Llegada a “Le Camping Moto”

La llegada al camping fue muy agradable. Se juntaron las ganas de llegar con el buen recibimiento que dan allí a los viajeros. Lo primero que oí al parar la moto fue a la recepcionista diciendo: Hello, wellcome. What do you want to drink? Mágicas palabras.

El camping lo dirigen unos moteros holandeses y reciben así a todo el que llega en moto. Sin duda llegar al final de esta etapa y la cena en compañía de más moto viajeros fue lo mejor del día.

Os paso el enlace de la página del camping por si os interesa. Es un buen sitio para alojarse, tanto si vais de paso como si lo usáis como centro de operaciones para hacer rutas por la zona.

https://lecampingmoto.net/

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Curiosidades que puedes encontrar por allí

Tras instalarme, descargar la moto y una buena ducha me dediqué a dar una vuelta por el campamento. Cada rincón tiene algo interesante. En el bar hay cosas curiosas también, una colección de latas de aceite antiguas, una biblioteca de revistas de motos…

Mi cabaña en el camping

Las cabañas son para mi una buena opción. Son cómodas y acogedoras.

Incluso si hace mal tiempo se está muy bien allí

La mía en concreto tenía dos camas. Una más de lo que yo necesitaba.

Así, paseando, viendo cacharros y cosas curiosas se hizo la hora de la cena.

Para cenar nos juntaron a todos los moteros allí alojados en la misma mesa. Allí, mientras cenábamos, cada uno iba contando el viaje que estaba haciendo y a donde iba a ir. Había un holandés camino de Budapest, dijo que pensaba estar viajando hasta septiembre. Se me olvidaba decir que esto sucedió en mayo. Menudo viaje el del holandés. Este fue un momento muy especial.

Tras los postres me ofrecieron un café español. Yo era el único español y el único que no sabía de qué se trataba. Consistía en café con licor 43 y nata montada. Es por este licor por lo que le llaman café español. Por lo visto gusta mucho por allí, la verdad es que estaba bueno.

Tras la cena y la agradable charla di el día por terminado y me fui a dormir.

Por fin entro en Italia

De camino a Los Alpes

Comienza un nuevo día y, tras correr un rato, una ducha y el desayuno es hora de continuar la ruta. El día anterior fue puro trámite. Casi 900 kilómetros de aburrida autopista. A partir de aquí ya iba a entrar en materia. Tenía por delante los Alpes y quería llegar al Lago Magiore, más o menos entre Turín y Milán. Por fin iba a llegar a Italia.

Briançon

Subiendo el puerto de Montgenevre

Fui de Crest a Briançon por carreteras casi sin rectas. El paisaje era precioso en todo momento y más conforme avanzaba. En esta última localidad paré a comer en un McDonald’s, por el wifi más que nada. Allí me enteré de que me encontraba en la segunda ciudad más alta sobre el nivel del mar de Europa, 1350 metros de altitud. Tras la comida continué subiendo el puerto que me introduciría en Italia.

Por fin entro en Italia. El paso por ese túnel es helador

Conseguir llegar hasta aquí tras tantos años deseándolo bien merece una foto del cartel que indicaba que, por fin, lo había conseguido.

Hasta este momento la conducción había sido relajada y agradable. Todo esto se acabó a los pocos kilómetros de entrar en Italia. En ese país todo el mundo conduce como si llegase tarde al trabajo y fuese cuestión de vida o muerte llegar cuanto antes.

El tráfico era intenso en la autopista entre Turín y Milán. Además se va muy rápido allí. Yo iba por el carril derecho en una vía de tres carriles a la velocidad de los vehículos más lentos. 140-160 km/h. La distancia de… “seguridad”? Un par de metros por delante y algo menos por detrás. Si dejaba más distancia con el coche de delante me adelantaba otro y se metía en el hueco. Era muy estresante.

Yo solo deseaba que nadie tuviera que dar un frenazo y salir de allí cuanto antes. Más de una vez vi cuatro coches en paralelo repartiéndose los tres carriles de la autopista mientras se adelantaban. Una locura.

Por fin llegué a la salida que indicaba a Arona, el pueblo al que quería llegar junto al Lago Magiore. La velocidad era menor por la carretera, pero no la forma agresiva de conducir de aquella gente.

Al llegar al lago solo quería acampar y dejar la moto ya hasta el día siguiente. Por suerte los sitios que iba viendo compensaban el estrés de los italianos al volante.

Lago magiore

Encontré un camping junto al lago y allí me quedé.

Mi casa junto al Lago Magiore

Una vez instalado, esta vez con tienda de campaña, tras una ducha fui a cenar allí mismo, en el restaurante del camping. En esta ocasión cené en compañía de tres ingleses que estaban de viaje en moto por aquí también. De nuevo una agradable e interesante conversación sobre motos y viajes mientras degustaba mi primera pizza en Italia. Como todos estábamos cansados no tardamos en irnos a dormir. A mi no me costó nada. Creo que me vino justo para taparme con el saco antes de quedarme dormido.

Me adapto la la conducción al estilo italiano

La mañana siguiente coincidí con los ingleses a la hora de partir. Me contaron que no habían dormido nada bien. Ellos habían alquilado una tienda de campaña grande para los tres, de esas que están ya montadas en el camping. Pensaban que tendría de todo, pero no había ropa de cama ni almohadas. Tuvieron que dormir con la ropa de moto puesta para no pasar frío.

Mi idea para ese día era subir el Stelvio, pero el día empezó lloviznando y el tiempo empeoraba más hacia el norte. En el Stelvio el pronóstico era de nieve. Ese día no pude salir a correr.

No me quedó otra que cambiar de planes y dirigirme al sur.

Nada más salir de Arona fui consciente de que, sin darme cuenta, ya me había hecho al estilo de conducción de los Italianos. Ya era uno más de ellos y esto fue en aumento conforme pasaban los kilómetros y los días por aquellas carreteras y ciudades.

Fui de un tirón hasta Génova. Llegué allí a la hora de comer. Hice una parada rápida para comer un bocadillo y seguir hasta donde tenía pensado llegar ese día. La ciudad de Pisa.

Vista de Génova

Allí, mientras comía al pie de los Apeninos y contemplaba Génova desde lo alto, recordaba la serie de dibujos animados titulada “Marco. De los Apeninos a los Andes”, que tanto nos hizo disfrutar y llorar a los que fuimos niños en los setenta.

Tras el pequeño descanso continué por autopista hasta una ciudad costera llamada La Spezia. Por aquí está la zona conocida como Le Cinque Terre y hay algunos pueblos típicos de pescadores, que son preciosos, a orillas del Mar de Liguria.

La visita a esta zona la dejé para otra ocasión en la que volveré con mi mujer. A veces me dejo cosas pendientes a idea en los viajes a sitios que me gustan, así tengo un motivo para volver.

Desde La Spezia continué hasta llegar a Pisa siguiendo el trazado de una de las muchas calzadas romanas que hay en Italia. La vía Aurelia, que iba desde los Alpes marítimos hasta Roma pasando por la Costa de Liguria y por Pisa. El recorrido por esta vía es muy lento debido a la cantidad de pueblos por los que se pasa, pero me gustó mucho seguir ese antiguo camino.

Siguiendo la Vía Aurelia llegué hasta la mismísima entrada a la ciudad de Pisa, nada más y nada menos que hasta la puerta de entrada a la Plaza del Duomo, donde está la famosa Torre Inclinada o, cómo dicen allí, Torre Pendente.

Llegada a Pisa

La entrada en Pisa me impactó. Llegué allí pensando que tendría que preguntar y buscar la torre. En lugar de eso, por casualidad casi llego con la moto hasta la entrada del monumento. Me sorprendió tanto encontrarla así que ni me importó que estuviera allí la Guarda di Finanza. Subí con la moto a la plaza, la coloqué junto al coche de policía y empecé a hacer fotos en varias posiciones.

Los guardias, que estaban cerca, me miraban con cara de pensar: Chaval, como no te pires pronto te vamos a empapelar.

Reconozco que tuvieron paciencia. Al final monté en la moto y me fui de allí sin que me dijeran nada.

Me puse a buscar un camping, cosa que enseguida encontré. A escasamente medio kilómetro De la Torre está el Camping Torre Pendente. Amplio, limpio, no le falta de nada y está atendido por un personal de lo más amable. Muy recomendable.

Catedral con la Torre inclinada al fondo

Tras acampar me fui andando a visitar el casco histórico de Pisa.

Baptisterio

Había oído hablar de la famosa torre inclinada desde niño, desde que puedo recordar, pero ahora que estaba allí mismo no lo podía creer. Era tan bonito todo lo que estaba viendo, la torre y los monumentos junto a ella, el Baptisterio y la Catedral, que no parecía real. Además había llegado hasta allí en moto. Solamente con la ayuda de mis mapas. La sensación de felicidad y de satisfacción que me invadió en ese momento es imposible de describir.

La Torre Pendente

Allí, sentado contemplando semejante imagen casi se me hizo de noche. Llegó un momento en que el hambre, que dejé de sentir al ver tal maravilla, volvió. Me fui a buscar algún sitio donde cenar.

Al cabo de un rato de caminar por la ciudad recuperé el instinto motero. Siempre que veo una moto que me gusta o me parece especial no puedo evitar hacerle una foto.

Encontré una pizzería atendida por una pareja muy simpática. Cené muy bien allí siguiendo las recomendaciones para comer pizza y pasta que me dieron. Casi salí de allí hablando italiano.

No recuerdo el nombre del restaurante, pero si dónde estaba. El caso es que cuatro años más tarde volví allí y en el local ya había otro negocio. Me habría gustado ver a aquella simpática pareja otra vez.

Regresé después de la cena a ver la torre inclinada, esta vez de noche. Allí estuve mirándola hasta que decidí irme a dormir.

Llegada a Roma

Después de mis rutinas matinales, correr, ducha y desayuno recogí el campamento y salí hacia Roma. Allí es donde tenía la única reserva de alojamiento de todo el viaje. Una habitación en un hotel al lado del Coliseo.

Llegué a Roma y fui siguiendo las indicaciones que llevaban al centro y al Coliseo, pero no había manera de encontrarlo. Además no tenía GPS ni plano de la ciudad y el tráfico allí sí que era de locos. Viendo cómo se conduce allí me acordaba de los cómics de Asterix y Obelix cuando decían aquello de, están locos estos romanos.

Al final solucioné el tema pidiendo a un taxista que me guiara pagándole la carrera. Lo de carrera es un buen nombre para lo que fue aquello. Me venía Justo para seguirle yendo yo con la moto.

Pagué cinco Euros al taxista ya en la puerta del hotel y me aconsejó que me buscase un parking para la moto si la quería ver a la mañana siguiente. Sin dudarlo agradecí el consejo y le hice caso, llevé la moto a un garaje cercano y la dejé allí hasta el día siguiente.

Llegando al Coliseo

Dejé el equipaje en el hotel y después de una buena ducha me fui a recorrer la ciudad a pie.

Para comer fui probando sobre la marcha lo que ofrecían los puestos de comida callejeros. Las empanadas estaban exquisitas. Así además aproveché más el tiempo para visitar más sitios.

¿Qué decir sobre Roma? Aparte de las típicas visitas, Coliseo, Fontana di Trevi, el Foro…, es un placer pasear por la Ciudad Inmortal, perderse por sus antiguas calles y pensar en todo lo que habrá pasado por allí en los últimos más de dos mil años.

La Fontana di Trevi

En mayo hacía un tiempo espectacular, parecía verano.

El Coliseo

Impresiona ver la capacidad de construcción que tenían hace tantos siglos. Estaban más avanzados dos mil años atrás de lo que estábamos aquí hace solo doscientos años.

Paseando por la noche encontré, aparte de monumentos, curiosidades cómo está.

Este tramo de calzada me recordó el dicho de que todos los caminos conducen a Roma. Pensé que este debió ser el origen y el final de innumerables, viajes, como el mío, a lo largo de los siglos. Solo han cambiado los medios de transporte, pero seguimos viajando, ya sea por gusto o por obligación.

La moto es la reina de los desplazamientos en Roma. Entre los actuales escúter todavía es posible encontrar joyas como esta.

El Panteón

A la vuelta de cada esquina te puedes encontrar lugares impresionantes, como el Panteón.

Cúpula del Panteón

Con su increíble y descomunal cúpula. Si se para uno a pensar en cómo harían estas obras en aquella época todavía resalta más su valor.

En su época dorada debió ser impresionante esta ciudad.

Boca de la Verdad. Cuenta la leyenda que muerde la mano de aquel que miente

La pateada por Roma me dejó con ganas de volver al hotel y dormir. Aquella noche caí rendido, tarde segundos en quedarme dormido profundamente hasta el día siguiente.

Arrivederci Roma

A la mañana siguiente salí de nuevo a correr. Correr por Roma me pareció algo muy especial. Iba pensando en cómo estaría aquel escenario cuando Abebe Bikila ganó el maratón de los Juegos Olímpicos de Roma en 1960. Me gustaban las sensaciones que tenía al correr.

Ese día terminaba mi estancia en Italia, así que volví al hotel para ducharme, desayunar y recoger todo para marcharme.

La vuelta a España la hice en barco, así que tenía que ir al parking a buscar la moto y llegar al puerto de Civitavecchia, lugar desde donde partía el Ferry.

Fui a buscar la moto y, sorpresa.

Al repostar siempre pongo el cuentakilómetros parcial a cero, así se cuanto llevo recorrido y para cuánto me queda gasolina. Cuando vi el parcial a cero en el parking ya me mosqueé, pero al darme cuenta de que además alguien había tocado el grifo del depósito ya supe lo que había pasado. Me habían robado gasolina.

Llegué con el depósito casi lleno y ahora iba en reserva sin saber para cuántos kilómetros tenía.

Al final hubo suerte y llegué a una gasolinera cercana. Problema resuelto.

Contento me quedé de que solo fue eso.

Para salir de Roma se me ocurrió salir desde el Coliseo siempre en línea recta. No sabía hacia dónde iba, pero tarde o temprano llegaría al Grande Raccordo Anularé, la circunvalación de la ciudad. Una vez allí ya solo tenía que recorrerla en cualquier dirección hasta ver la salida para ir a Civitavecchia. Así lo hice y funcionó.

A las siete de la tarde ya estaba en el puerto esperando el ferry. Allí coincidí con Andrew, un motero escocés que también viajaba solo con su Fazer 600. Él salió de Escocia, cuando nos encontramos venía de Grecia y continuaba hacia España.

Allí, tomando unas cervezas mientras esperábamos la llegada del barco, hicimos una amistad que aún perdura.

Momento de embarcar en Civitavecchia

Llegó la hora de embarcar y yo no tenía mucha idea de cómo funcionaba aquello. Era mi primer viaje en barco y la primera también que metía la moto en un ferry.

Suerte que mi amigo Andrew ya tenía mucha experiencia en eso de embarcar con la moto.

Me dijo que en caso de que no hubiera cinchas para amarrar la moto el me dejaría alguna de las que llevaba. Finalmente no hizo falta, me enseñó cómo sujetar bien la moto con las cinchas que había disponibles en el barco y las dos máquinas quedaron bien aseguradas.

Muchas gracias, Andrew.

Cubierta del barco

En el barco ya poco había que hacer. Solo dejarse llevar y disfrutar de los bares y restaurantes que allí había, además de ocupar el camarote que tenía reservado. Teníamos veinte horas de viaje por delante atravesando el Mar Tirreno y el Mediterráneo.

Lo del camarote no fue una buena experiencia. Era muy pequeño y a compartir entre cuatro personas que no nos conocíamos de nada.

De entrada estábamos cinco personas y dos literas. Era evidente que allí sobraba uno y yo tenía mi billete de reserva. Se solucionó el problema, pero por la noche en aquel cuartucho, entre ronquidos y demás no había manera de dormir. Ni siquiera de estar mínimamente a gusto, ya que solo se podía estar tumbado en la cama. La próxima vez prefiero pagar algo más y coger un camarote para mi solo o para quien me acompañe.

Agobiado y aborrecido recogí mis cosas y a las cuatro de la madrugada salí de aquella mini habitación. Como hacía buena noche salí a cubierta a ver cómo amanecía en medio del mar.

Amanecer en Cerdeña

Me alegré mucho de hacer esto. Para mi sorpresa, el barco pasaba por el Estrecho de Bonifacio, entre Córcega y Cerdeña, así que aunque fuese desde lejos pude ver estas dos islas. Luego hizo escala en Porto Torres, Cerdeña, por lo que esta última isla la vi más de cerca.

Porto Torres, Cerdeña

Desde Porto Torres ya no haríamos más paradas hasta Barcelona.

El mar era una balsa de aceite. Apenas había oleaje y viento, por lo que a las seis de la tarde ya estábamos desembarcando, tal y como estaba previsto.

El momento de desembarcar fue muy agobiante. Estábamos en la bodega del barco desatando las motos a la vez que se ponían en marcha camiones y coches. En unos pocos minutos el aire era irrespirable, así que salimos lo antes posible y, ya fuera del barco terminamos de acondicionar el equipaje.

Adrew seguía su viaje hacia Tarragona y yo iba de regreso a Zaragoza, así que nos despedimos allí mismo, aunque hicimos juntos parte del camino hasta que la autopista indicó la diferente dirección que cada uno debíamos seguir.

A las diez de la noche llegué a casa, donde mi mujer y mis hijos esperaban al moto viajero que tienen por padre y marido.

Después de recorrer casi tres mil kilómetros en cinco días con mi GS 500 estaba tan satisfecho y feliz que no notaba el cansancio.

Durante el viaje disfruté mucho cada momento, hasta los más difíciles, como el día del viento en el Golfo de León.

En ningún momento pensé que iba mal por no llevar la mejor moto para un gran viaje.

Esto deja claro que para viajar no es lo más importante tener una moto espectacular. Si la tienes, pues mejor pero, más importante que los medios con los que uno cuente es la ilusión por viajar.

Si te ha gustado anímate y deja un comentario, no te cuesta nada. ¿Qué piensas tú sobre viajar en moto?¿Es la máquina lo más importante para ti, o lo es el viaje?

3 comentarios sobre “Viaje a Italia en solitario

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  1. Muy buena la narrativa. Ayuda para hacerse una idea para organizar un viaje. Yo tengo la ilusión de hacer un viaje en moto desde siempre, en mi caso por España, ya con mis cuarenta y pico puedo decir que me falta menos. Tengo mi gs500 y ya he echado la solicitud al consulado femenino en varias ocasiones. Alguna vez me vendra aprobada!!!

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